¡lluvia de millones!

INCENDIO DEL HOTEL ROYAL.  YOUTUBE

Los interminables y absurdos incendios peruanos

Publicado: 2016-11-21


Una de las edificaciones más hermosas de la ciudad de Talara era el antiguo Hotel Royal, construido íntegramente de madera. En 1941, allí se realizaron varias reuniones para poner fin a la guerra con el Ecuador. Por su valor, había sido declarado patrimonio nacional por el Instituto Nacional de Cultura

Ya hacía mucho tiempo que no funcionaba como hotel. Bajo la denominación de Casa de la Cultura, en uno de sus salones se desarrollaban danzas y talleres para jóvenes.

Una mañana de octubre del 2013, un incendio redujo a cenizas al Hotel Royal para tristeza de muchos vecinos. Lo sorprendente era que tres meses antes también se había incendiado otra construcción emblemática de Talara: el colegio Federico Villarreal, ubicado a pocos metros del Hotel Royal. Los escolares y profesores se salvaron porque habían salido para un simulacro de sismo y tsunami.

Sucedió en Talara, sucedió en Cantagallo, sucedió en San Sebastián, sucedió en Utopía, sucedió en El Agustino, sucedió en Mesa Redonda: se produce un incendio, causa daños cuantiosos, pérdidas humanas, hay una gran conmoción en la población… y al poco tiempo se produce un nuevo incendio con el mismo doloroso ritual.

Uno de los principales factores que hace que los incendios sean tan frecuentes y dañinos en el Perú es la falta de preparación para enfrentarlos.  

Cuando vivía en Inglaterra, los estudiantes siempre teníamos que realizar simulacros de incendio. Además, bastaba que saliera mucho humo de alguna sartén para que sonaran las alarmas y nos obligaran a evacuar los departamentos donde vivíamos:  

-I’m sorry, I’m so sorry –recuerdo que repetía una señora asiática, mientras bajábamos las escaleras y veíamos su cocina llena de humo.

Recuerdo que me sorprendía que todas las puertas de la universidad y de Survival Internacional, donde trabajé por un año, estuvieran diseñadas para dar un espacio a las personas en caso de incendio. Me explicaron, además, que había una obligación legal al respecto.

En contraste, los peruanos actuamos como si la posibilidad de que ocurriera un incendio fuera totalmente remota. Cuando hay terremoto en Italia o Chile nos preguntamos: “¿Y si acá pasara lo mismo?”  Hay construcciones asísmicas, simulacros o señalización sobre zonas seguras. Frente a los incendios, aunque se produzcan en nuestra misma ciudad, lo lamentamos y seguimos nuestra vida normal. La falta de consciencia hace que precisamente los lugares más peligrosos sean los más concurridos como Mesa Redonda y Gamarra.

El incendio ocurrido la semana pasada en Larcomar demuestra que tampoco son muy seguros los lugares que se consideran modernos. En los últimos años, la presión de algunas empresas logró que se flexibilizaran los trámites para las licencias de construcción y de funcionamiento. Inclusive, los certificados de Defensa Civil ahora tienen una validez indefinida, aún en centros comerciales o grandes establecimientos. Ninguna de esas normas se debía a un capricho burocrático y mas bien son mucho más exigentes en otros países.

Los peruanos debemos aceptar que los incendios son fenómenos sumamente probables y aprender a vivir preparados para enfrentarlos. Es fundamental abstenerse de jugar con pirotécnicos, contar con extinguidores en los edificios y realizar simulacros de incendio en casas, colegios, tiendas por departamento o iglesias. Actualmente, los padres de familia ni siquiera exigen un simulacro de incendio para el colegio de sus hijos.

La precaución sobre los incendios debe poner también atención a la protección del patrimonio: los casos del Hotel Royal, la Plaza Dos de Mayo, el Buque y San Sebastián han demostrado su alto grado de vulnerabilidad. Todo edificio que sea considerado patrimonio debe contar con alarmas, extinguidores, aspersores y otros mecanismos para enfrentar incendios. Resulta terrible saber que la iglesia de San Sebastián se ubica en una zona que solamente cuenta con agua algunas horas y que, la noche del incendio, los funcionarios de la empresa local tardaron varias horas en decidir si proporcionaban agua a los bomberos.

Dicho sea de paso, en una reciente visita por los Barrios Altos, pudimos comprobar cómo de manera clandestina se vienen demoliendo casonas para construir grandes edificios de almacenes. En ellos muchas veces se guardan materiales inflamables y se transportan precariamente en triciclos, a vista y paciencia de las autoridades. Una sola chispa podría generar la destrucción de decenas de casonas.

Después de la tragedia de Larcomar, se está evaluando modificar las normas sobre Defensa Civil, para que no sean tan flexibles.  Al respecto, dos amables amigas extranjeras, que no se conocen entre sí, pero a las cuales las circunstancias de la vida las han llevado a vivir al Perú me decían: 

-No entiendo por qué hablan tanto de la ley, ¿acaso las empresas no son responsables por la vida de sus clientes y trabajadores?

Pese a los años que han pasado por acá, ninguna de las dos comprendía algo que todos los peruanos sabemos: que si no es por la obligación legal, no se puede asegurar que “espontáneamente” las empresas peruanas se preocupen de temas como la seguridad de sus clientes y trabajadores. 


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Reflexiones Peruanas

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