Yo me quedo en casa

después de la charla, con algunos de los participantes en el taller

La Ensenada y el Bullying

Publicado: 2014-11-10


Cuando en el curso de Discriminación y Políticas Públicas nos toca hablar sobre el bullying, pido a mis alumnos que compartan algunas experiencias escolares. Todos recuerdan situaciones desagradables sobre los maltratos o las bromas pesadas que sufrían sus compañeros más gorditos o más andinos. Quienes provienen de colegios de hombres suelen precisar que otras víctimas frecuentes eran los alumnos considerados afeminados.

Hace unos días, me pidieron que hablara sobre discriminación para un grupo de confirmación de La Ensenada, una zona de Puente Piedra, cercana al río Chillón. Le pedí a los participantes, todos ellos alumnos de colegios estatales, que se dividieran en cinco grupos y conversaran sobre las diferentes formas de discriminación que conocían. Después escogerían una experiencia para compartir con los demás.

A la hora del plenario, los voceros de dos grupos relataron casos en los que la víctima había sufrido tanto bullying en el colegio que se había suicidado. En otros dos grupos contaron casos de intento de suicidio y en el último grupo, un chico comentó, con la voz quebrada, cómo una compañera suya había sufrido tanto maltrato que ahora estaba internada bajo tratamiento. “Eso es algo que nunca debió pasar”, repetía intentando contener las lágrimas.

Todas las historias eran tan tristes y dolorosas que hacían palidecer los maltratos que mis propios alumnos habían contado. Resultaba evidente que estos adolescentes convivían en sus colegios con la crueldad y el ensañamiento. Probablemente, también los propios agresores eran menospreciados por muchos limeños, debido a sus rasgos físicos, su condición económica o el lugar donde vivían, pero buscaban a alguien más débil para descargar su agresividad. Las causas eran también racismo, homofobia o discriminación por sobrepeso. De una de las agredidas dijo una compañera: “Además de gordita, hablaba raro, como hablan los de la sierra”.

A todo lo anterior se añade ahora el ciberbullying, que puede ser mucho más violento, porque expone a la víctima ante sus amigos y conocidos y la víctima puede ser agredida en su propia casa, de noche o hasta el fin de semana.

-Hasta a los profesores les hacen ciberbulling –comenta una docente del Callao -. Les toman una foto y luego publican un montón de comentarios burlones.

Siendo un fenómeno inexistente hace unas décadas, ni padres ni profesores saben bien cómo enfrentarlo. En el grupo de confirmación, al menos, todos los chicos deben entregar sus celulares durante las charlas, una medida que parece bastante sensata.

Cuando escuchaba a los jóvenes de La Ensenada, me parecía totalmente inapropiada la campaña del Ministerio de Educación que insiste en trasladar la responsabilidad del bullying a la propia víctima con frases como “Denuncia el Bullying” “De ti depende”.

Un grupo relató el caso de un chico negro, que después de permanentes insultos y golpes, se había querido suicidar en un baño del colegio, tomando veneno. Un guardían lo encontró y lograron salvarlo. El muchacho señaló quiénes eran los responsables, que fueron sancionados, pero cuando él regresó al colegio, le volvieron a pegar por haberlos denunciado. “Y así están las cosas hasta ahora”, concluía la historia.

En realidad, más que responsabilizar a la víctima, son los profesores quienes en una o dos clases pueden percibir quiénes son los alumnos más vulnerables frente al bullying o los más agresivos y así pueden tomar las medidas necesarias para evitar los maltratos.

El Ministerio de Educación debería difundir más el caso del Colegio Salesiano del Cusco. El año pasado, fue sancionado por el Poder Judicial por su permanente tolerancia frente a las prácticas de bullying de realizaba un grupo de alumnos, autodenominado los Fighters, y tuvo que pagar una indemnización para las familias afectadas.

Otra responsabilidad de los profesores es evitar ellos mismos realizar bromas que afecten la autoestima de los alumnos o que fomenten el bullying. Y también los profesores pueden tener muchos prejuicios: el sábado pasado, en un taller en la PUCP con profesores de colegios estatales, todos rechazaban el racismo, pero cuando les preguntamos qué harían si dos chicas tenían una relación de pareja, la mayoría expresaron un total rechazo. Se habló desde ponerlas en tratamiento psicológico hasta expulsarlas del colegio. "Simplemente eso está mal y estará mal" decía un profesor. “Yo les advierto que, aunque después cambien de opción, quedarán marcadas para siempre” añadió una profesora.

Les pregunté qué harían si en un restaurante veían a una pareja del mismo sexo de la mano y respondieron atónitos: "¿No me diga que en esta Universidad eso puede pasar en una cafetería?" "¿No los expulsan por eso?".

Para luchar seriamente contra el bullying se debe sensibilizar a los profesores sobre sus propios prejuicios y comprometerlos a detectar y sancionar los maltratos que existan. De lo contrario, casos tan terribles como los de La Ensenada seguirán ocurriendo.


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Reflexiones Peruanas

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