la reforma política debe continuar

uno de los prepotentes individuos que, hasta febrero pasado se había apropiado de parte de la playa de ancón.   foto: horacio ulloa.

El agobiante clasismo peruano

Publicado: 2014-10-01


-¿Por qué no se hace una política en el Perú contra el clasismo? –me preguntó un amigo español, mientras paseábamos por el Rímac. 

Como a muchos extranjeros que crecieron en sociedades más igualitarias, a él le impactaba el énfasis que los peruanos damos a las diferencias de clase. En el Perú, me comentaba, hasta los más privilegiados eran víctimas del clasismo, porque les bloqueaba para disfrutar muchas cosas:

-Por ejemplo, no pueden venir a saborear esta delicia –me decía, aludiendo a la caspiroleta que estábamos tomando en una dulcería del Jirón Trujillo.

Efectivamente, los peruanos convivimos con las diferencias de clase al punto que no percibimos lo dañinas que son para nosotros mismos. El clasismo, además, refuerza y es reforzado por el racismo, expresándose también en atribuciones morales, como las que aparecen implicadas en las palabras “cholo” o “pituco”.

Esto no quiere decir que las personas de diferentes clases sociales se encuentren muy distantes. El nivel de vida de la clase alta sería imposible sin trabajadoras del hogar, choferes, jardineros o los sumisos trabajadores de Wong y Vivanda, aunque en todos estos casos las diferencias sean evidentes, sea por los uniformes o por los rasgos físicos.

Vivimos en un clasismo institucionalizado desde que somos niños, a través de la división entre colegios estatales y privados y también de las diferencias que existen entre estos últimos. De igual manera, en Lima las diferencias de clases aparecen reforzadas muchas veces por la demarcación política, a través de la división en distritos. De allí tenemos situaciones tan penosas como los vecinos de Jesús María que rechazaban que la Municipalidad colocaran juegos en los parques, “para que no vengan niños de Breña”, lo que también ha sucedido en Miraflores respecto a Surquillo y en San Borja respecto a San Luis.

En este contexto, la reciente propuesta de la candidata Madeleine Osterling a la Municipalidad de San Isidro para cerrar el colegio nacional Alfonso Ugarte han generado mucho rechazo por el abierto clasismo que implicaba… pero, como suele suceder en el Perú, la opinión pública se centra en atacar a una persona y no en apreciar que ésta expresa uno de los problemas más fuertes del país.

Ahora bien, yo creo que en el Perú es más difícil una movilización contra el clasismo, porque, a diferencia de lo que ocurre con el racismo, muchos peruanos creen que sí es posible aspirar a pertenecer a otra clase social y una vez allí se pueden disfrutar todos los elementos que le permiten a uno distinguirse. Además, el clasismo puede encubrirse como una legítima aspiración por el progreso: muchas personas pueden tener como meta mudarse a un barrio más seguro o poner a sus hijos en un colegio con mejores profesores, pero es posible que llegue un momento en que la meta ya sea el ascenso social en sí mismo.

El clasismo puede estar tan extendido que inclusive, durante el apogeo de las ONGs, también se reflejaba en las relaciones entre los empleados. “Me duele ver cómo maltratan a los choferes”, me contaba una cooperante italiana. De igual manera, también en las instituciones estatales pueden aparecer elementos clasistas en la relación con el resto de la población o en la propia institución. Me ha impresionado, más de una vez, a un funcionario de alto rango tener a otro para que cargue la cartera o la bolsa de Ripley como emulando al sumiso empleado doméstico. Y, claro, están los trabajadores de limpieza que muchas veces ni pueden comer sus alimentos con los demás empleados.

El clasismo es tan incuestionable que algunos analistas han llegado a sostener que el crecimiento de los centros comerciales ayuda a “democratizar la sociedad” porque se “democratiza” el consumo, sin que se perciba que mas bien se enfatizan así las diferencias de clase pues para una buena parte de la sociedad dichos lugares son inaccesibles.

Como sucede con el racismo, sin embargo, ser explícitamente clasista parece muy chocante y por eso la reacción hacia Madeleine Osterling. De hecho, en muchos casos, si un candidato es percibido por la población como el “candidato de los pitucos” enfrenta un fuerte rechazo de los electores. Le pasó a Lourdes Flores, a Mario Vargas Llosa y parece que le ocurrirá a Susana Villarán.

Sin embargo, en una sociedad que quiera enfrentar el clasismo, las propuestas de la señora Osterling deberían servir, por ejemplo, para debatir sobre las diferencias entre la educación pública y privada y cómo se puede promover que niños de diferentes clases sociales se conozcan entre sí. Hasta ahora, solamente proponer que los funcionarios públicos (o los directivos de las ONGs progresistas, envíen a sus hijos a estudiar a colegios estatales parece una locura.

Y en un país tan dividido y fragmentado por los prejuicios y la desconfianza, al menos resulta válido preguntarse, ¿qué hago yo para vivir de manera menos clasista?


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Reflexiones Peruanas

Sobre el país en que vivimos y queremos vivir