El pasado 17 de diciembre, cayó sobre Huamanga una lluvia tan intensa como nadie recordaba. En menos de una hora, la lluvia produjo un aluvión que ingresó violentamente por la calle San Martín, una de las principales de la ciudad, arrastrando automóviles, mototaxis y combis y causando la muerte a once personas.
El desastre, al inicio de la temporada de lluvias, pudo haber generado urgentes medidas preventivas a nivel nacional, para enfrentar situaciones similares, pero nada de eso sucedió.
En las semanas siguientes, las lluvias causaron fuertes daños en Apurímac y Huancavelica. Inclusive en Lima llovió después de 40 años y se produjeron derrumbes en las zonas más pobres. En el Cusco, uno de los muros incas de Sacsahuaymán colapsó bajo las aguas. Pero, pese a la gravedad de las circunstancias, Perú Rail continuó vendiendo boletos a Machu Picchu, sin que ningún funcionario regional o municipal pensara en impedírselo. Finalmente, sucedió lo que era de esperarse: una avalancha bloqueó la vía férrea, dejando a miles de turistas atrapados en Aguascalientes, a merced de aquello que los peruanos conocemos bien: un Estado precario, débil e improvisado.
Me acuerdo que el 16 de agosto del 2007 me anunció una cooperante:
-Wilfredo, quiero sumarme a los brigadistas.
-¿Qué brigadistas? –le contesté, mientras pensaba que mi amiga, con dos años en el Perú, todavía no sabía en qué país vivía.
-Las brigadas de voluntarios que irán a Pisco para reconstruir la ciudad…
En muchos países, la sociedad se encuentra organizada frente a los desastres naturales y muchas personas están disponibles, apenas se produce una emergencia. Inclusive, si la catástrofe ha sucedido en el extranjero, está previsto trasladarse inmediatamente.
Yo le expliqué a la cooperante que probablemente al terremoto de Pisco sobrevendría el caos y la desorganización. Ese mismo día, voluntarios españoles, ecuatorianos y cubanos llegaban perplejos al Aeropuerto Jorge Chávez no había nadie esperándolos. Muchos tuvieron que viajar hasta Ica en taxi con todos sus equipos.
En el Perú, la mejor forma de enfrentar incendios, terremotos y aluviones parece ser pensar que no van a suceder, desde las personas pobres que instalan sus viviendas en las vulnerables laderas de los cerros hasta las autoridades estatales, que a veces se consideran muy modernas.
-No comprendo por qué sólo hay una carretera a Ica –me escribía una amiga desde Estados Unidos aquél 16 de agosto - ¿No existe una vía alternativa?
No. Y tampoco la hay para Machu Picchu o Huancayo. En casi todo el Perú apenas si hay pistas de dos carriles que pueden quedar bloqueadas por un puente derrumbado, una avalancha… o un camión volcado.
Los ingresos del turismo no generan mejores vías de transporte: en Ollantaytambo, muchas veces he tenido que pegarme a los muros incaicos, para no morir aplastado por decenas de camiones a Quillabamba y centenares de ómnibus turísticos que recorren las estrechísimas callejuelas. Un puente colonial tenía que resistir el paso de todo ese flujo vehicular. Digo “tenía”, porque la semana pasada colapsó.
A nivel de escuelas o centros de salud tampoco se aprecian los efectos del turismo. Cualquier enfermo o herido más o menos grave debe ser trasladado al Cusco. Cuando existe un desastre generalizado como en la actualidad se hacen más palpables estas carencias, pero la vida cotidiana de la población sigue siendo muy dura.
No sé si el gobierno central está en capacidad para diseñar acciones de prevención a nivel nacional, pero al menos podrían hacerlo gobiernos regionales, municipalidades e instituciones públicas o privadas. ¿Tienen claro los empleados del Jockey Plaza o el Megaplaza qué hacer en caso de sismo o incendio, más allá de correr, rezar y llorar? ¿Sabrán los vecinos de Zárate o San Martín enfrentar inundaciones como las de hace unos años? ¿Deben seguir viviendo miles de personas en zonas vulnerables de Lima, Huamanga o Cusco? ¿Han previsto iglesias y parroquias cómo proteger a sus feligreses, tomando en cuenta que en el terremoto del 2007 muchas personas murieron dentro de los templos? ¿Y en casa, sabe usted dónde hay velas y linternas?
Es falso, afirmar que los peruanos no sabemos tomar precauciones. Yo veo que frente a la delincuencia se toman muchísimas. Si adoptáramos una actitud similar frente a incendios, terremotos o inundaciones, el daño que éstos producen sería mucho menor.
-Como van las cosas, creo que voy a ir construyendo mi arca de Noé –me dijo un amigo huamanguino, que se encontraba a dos cuadras de la calle San Martín, la tarde del aluvión.
Ahora se sabe que ese desastre tuvo también causas humanas: hace algunas décadas fue tapiada la acequia que bajaba por esa calle y el aluvión llegó desde un cerro deforestado por los desplazados que huían de la violencia política.
Quienes no hemos enfrentado directamente la destrucción de las últimas semanas, estamos advertidos.
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