-¿Por qué no se pone el cinturón de seguridad? –le pregunto a un chofer en Tumbes.
-¿Para qué, si es domingo? –me responde -. Los policías no controlan hoy.
Viajando por el Perú, suelo tener la sensación que aún las normas más elementales son desconocidas fuera de la capital. En Lambayeque, en plena Carretera Panamericana he visto trasladarse siete u ocho escolares encaramados sobre un mototaxi. En las cercanías de Abancay, cuatro estudiantes viajan en la maletera de un vehículo… que además está abierta. En Pucallpa, los cascos parecen no ser obligatorios para ningún motociclista.
En estos y muchos otros lugares, los accidentes en las carreteras son frecuentes, aunque en realidad, los fenómenos que llamamos “accidentes” no se deben a la casualidad, sino a una confluencia de conductas u omisiones humanas: exceso de velocidad, mala señalización, imprudencia de peatones, consumo desordenado de bebidas alcohólicas, ausencia de revisiones técnicas o prolongadas jornadas de trabajo de los choferes.
Los países con menos accidentes son aquellos donde los ciudadanos asumen que determinadas conductas, como manejar o ingerir licor, implican riesgos y hacen lo posible por minimizarlos. Los pocos individuos díscolos son corregidos o sancionados por el Estado. En cambio, en el Perú, no existe una cultura de prevención y la intervención estatal es escasa o mas bien selectiva.
Una muestra del carácter selectivo de la intervención estatal es que, pese a que Lima concentra la mayoría de vehículos y conductores del Perú, no es allí donde ocurren la mayoría de accidentes graves. Quienes nos quejamos del tráfico limeño, al menos debemos valorar que en buena parte de la ciudad no pueden circular mototaxis, que existe un proceso de revisiones técnicas y que hay algunas restricciones para la venta y consumo de licor, todo lo cual en casi todo el país parece todavía ciencia ficción.
El último ómnibus que cayó a un abismo en Chumbivilcas no había pagado ni siquiera el SOAT, pese a lo cual, pasó el control del Ministerio de Transportes en Arequipa. Llevaba decenas de pasajeros de pie, pero la Policía de Carreteras lo dejó seguir su camino y circulaba, además, por una pista en pésimas condiciones. Situaciones similares han generado que en diciembre más de ochenta peruanos mueran trágicamente.
Eso sí, los mismos choferes que conducen sin respetar ninguna norma, son muy escrupulosos para dar un sol a cada policía que encuentran. Lo he visto en la Carretera Central y en las rutas entre Chimbote y Casma y Ayacucho y Huanta.
Un corresponsal inglés del Financial Times me decía: “El Estado peruano está en la capacidad para enfrentar muchos problemas, pero muchas veces no quiere hacerlo”. Siguiendo esta lógica, si analizamos en qué asuntos el Estado interviene menos, veremos que se trata de aquéllos donde los afectados son mayormente personas pobres, como la violencia familiar, el alcoholismo, o los derechos de las trabajadoras del hogar. El solo hecho que las normas no se traduzcan al quechua refleja que el Estado actúa de manera selectiva y discriminatoria.
Esta intervención selectiva también se manifiesta en el transporte: mis colegas de la Defensoría del Pueblo suelen insistir en que el Estado gasta mucho más dinero en garantizar la seguridad de los pasajeros de transporte aéreo, que de aquellos que viajan por carretera (en el 2005 la proporción era de 7 soles y 0.19 céntimos respectivamente, según el Informe 108).
A “menos importante” es quien viaja, menos interés existe en controlar su seguridad. Cuando se trata de campesinos, ni siquiera se impide que viajen en camiones, encima de la carga, y por eso, en las últimas semanas murieron en varios accidentes el sur del país veinte campesinos que viajaban así.

Por eso, a diferencia de lo que ocurre con los pilotos aéreos, ser chofer de un ómnibus interprovincial es una actividad para la que el Estado no brinda mayores exigencias. Pese a que en sus manos están muchas vidas humanas, hasta un veterinario debe pasar por exámenes más estrictos y tiene mucho más control… Al Estado le preocupa más evitar que una mascota sufra que garantizar la vida de los pasajeros del transporte terrestre.
La discriminación también se aprecia en la infraestructura: comparemos la amplia pista de ocho carriles que permite a algunos limeños llegar a las playas del sur con las demás carreteras, inclusive la Carretera Central, de apenas dos carriles. “Ahora los ómnibus son mucho más grandes, pero las pista siguen igual de angostas”, señala un ingeniero jubilado. En realidad, uno de los signos más visibles de la pobreza de un lugar es la pésima calidad de las carreteras.
Por todo ello, una de las mejores formas de luchar contra la discriminación en el Perú, sería asegurar para todos los ciudadanos el derecho a no morir en accidentes de carretera, dejando el fatalismo de que los más pobres están predestinados a sufrir.
Comentarios
-Aunque soy enemigo de la sanción penal como instrumento preventivo, lamentablemente la experiencia de otros países indica que es el único medio, aunque siempre como última ratio, después de la suspensión y cancelación de licencia (un abogado).
-Recuerdo que una vez estuve en Huamanga, para el 9 de diciembre y la gente quería llegar como fuera a la representación en la batalla de Ayacucho en la Pampa de la Quinua. Las combis escaseaban e iban repletas. Por eso, muchos camiones grandes hacían su agosto llevando a la gente. Desde fuera, apenas se veían las manos de algunas personas que iban de pie sujetándose como podían. No se veían las caras. Estaban tan apretados que sólo así se mantenían de pie en ese camino accidentado y con tanto calor que seguro les era difícil respirar. Ni las autoridades ni los ciudadanos nos ponemos a pensar que desde nuestra protesta y propuesta estos asuntos se pueden remediar (Rocío Joo).
-Hace poco, viajando en una combi de Huamanga a Quinua, el chofer hacia una maniobra indebida tras otra: manejaba a una velocidad excesiva por una pista que no estaba del todo asfaltada, adelantaba por la izquierda en curvas donde no se veía si otro automóvil venía en sentido contrario, invadiendo así el otro carril… y la gente seguía conversando, o durmiendo. Yo fui la única persona que se quejó (Susana Frisancho).
-En el 2008 regresé de Ayacucho en un avión de carga que había sido convertido de mala manera en avión de pasajeros. No había ni máscaras de oxígeno ni salvavidas. El contraste es grande con el servicio al Cusco, en aviones muy buenos y además con un aeropuerto con rampas, pero, claro, allí van turistas extranjeros. Realmente, si en Ayacucho viviera gente “recontra importante”, los ayacuchanos recibirían mejor trato por las autoridades (una periodista).
-Los accidentes disminuirán cuando dejemos de pensar que el problema radica en las autoridades o en las carreteras. La culpa es de nuestra propia irresponsabilidad, ante conductores sin conciencia nunca habrá suficiente control de la autoridad ni habrá carretera segura. Sin embargo, atacar por el problema por ese lado, no es una noticia que vende ni le sirva a los políticos (Fernando Nakasone).
-Será porque no tomo, ni me gusta manejar rápido, que nunca he entendido las conductas temerarias de muchas personas. Hace unos años, al salir de una reunión me negué a subir al auto del esposo de una amiga, que trabajaba para la Cooperación Española, y estaba a todas luces borracho. Lo peor es que otros amigos (todos profesionales, egresados de la Católica) me insistían en que no iba a pasar nada, que subiera nomás… Al final llamé a un taxi, pero otras personas se subieron al auto.
La verdad, es que estas cosas me chocan mucho. El tío de una amiga murió en su moto por ir sin casco, aun manejando muy lentamente, solo porque un auto lo tocó de casualidad y lo hizo salir despedido del vehículo. Ser precavida desde adolescente ha implicado que tenga que soportar la presión y las burlas de mis amigos. La presión social afecta también a los niños: mi hijo de 7 años ya no quiere ponerse el casco para montar bicicleta ni para practicar su skate, con el argumento de que se ríen de él o de que nadie lo hace. (una profesora).

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