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-Los comerciantes que se oponían a ser reubicados por la Municipalidad llevaron con ellos a centenares de pandilleros que desataron una terrible violencia en la ciudad de Piura.  En los enfrentamientos con la policía murieron el comerciante Martín Carrasco Nanfaro, William Saavedra Curay y un hombre no identificado.     Víctimas del fuego cruzado también murieron los escolares  Gean Carlo Lippe y Miguel Ángel Córdova, sin ninguna participación en los disturbios.

 

-El mismo día, 3 de marzo, siete campesinas murieron ahogadas cuando participaban en la limpieza del cauce del río Quitamayo.  Ellas fueron contratadas para esa labor, en plena época de inundaciones, por la Municipalidad de Písac, con aportes de Construyendo Perú, una dependencia del Ministerio de Trabajo que paga apenas 16 soles diarios a los campesinos. 

 

-Hablando de absurdas muertes en el Cusco, dos turistas australianas murieron ahogadas en el río Vilcanota… mientras hacían canotaje.  Aunque parezca increíble, hay agencias de turismo que siguen programando estas actividades pese a la emergencia que se vive en esta región.    

 

-Fuertes protestas ha generado en Puno la hidroeléctrica de Inambari.  Los representantes del Estado ahora aseguran que si la población está en desacuerdo, la hidroeléctrica no será construida.

 

-Después de 14 meses fue liberado Alejandro Izquierdo, dirigente rondero de Pulán (Santa Cruz, Cajamarca).  Como ha sucedido a muchos otros ronderos se le acusaba injustamente de secuestro, pero en este caso la empresa minera La Zanja habría estado promoviendo activamente su encarcelamiento debido a la oposición de las rondas a las actividades mineras.

 

-El Poder Judicial ha inaugurado tres Juzgados de Paz en apartadas localidades de Loreto, con paneles solares y comunicación telefónica.   Esperemos que muchos otros Jueces de Paz en las zonas rurales cuenten con el apoyo necesario para su labor. 

 

-Indecopi decidió eliminar el requisito de “menor de 28 años” para postular a su curso de extensión universitaria, que a muchas personas mayores de dicha edad que por diversas razones se encuentran estudiando en la universidad. Ahora, la única entidad estatal que marca un absurdo requisito de edad es la Academia Diplomática.

El pasado 17 de diciembre, cayó sobre Huamanga una lluvia tan intensa como nadie recordaba.  En menos de una hora, la lluvia produjo un aluvión que ingresó violentamente por la calle San Martín, una de las principales de la ciudad, arrastrando automóviles, mototaxis y combis y causando la muerte a once personas.   
 
El desastre, al inicio de la temporada de lluvias, pudo haber generado urgentes medidas preventivas a nivel nacional, para enfrentar situaciones similares, pero nada de eso sucedió. 
 
En las semanas siguientes, las lluvias causaron fuertes daños en Apurímac y Huancavelica.  Inclusive en Lima llovió después de 40 años y se produjeron derrumbes en las zonas más pobres.  En el Cusco, uno de los muros incas de Sacsahuaymán colapsó bajo las aguas.  Pero, pese a la gravedad de las circunstancias, Perú Rail continuó vendiendo boletos a Machu Picchu, sin que ningún funcionario regional o municipal pensara en impedírselo.   Finalmente, sucedió lo que era de esperarse: una avalancha bloqueó la vía férrea, dejando a miles de turistas atrapados en Aguascalientes, a merced de aquello que los peruanos conocemos bien: un Estado precario, débil e improvisado. 
 
Me acuerdo que el 16 de agosto del 2007 me anunció una cooperante:
 
-Wilfredo, quiero sumarme a los brigadistas.
 
-¿Qué brigadistas? –le contesté, mientras pensaba que mi amiga, con dos años en el Perú, todavía no sabía en qué país vivía.
 
-Las brigadas de voluntarios que irán a Pisco para reconstruir la ciudad…
 
En muchos países, la sociedad se encuentra organizada frente a los desastres naturales y muchas personas están disponibles, apenas se produce una emergencia.  Inclusive, si la catástrofe ha sucedido en el extranjero, está previsto trasladarse inmediatamente.
 
Yo le expliqué a la cooperante que probablemente al terremoto de Pisco sobrevendría el caos y la desorganización.  Ese mismo día, voluntarios españoles, ecuatorianos y cubanos llegaban perplejos al Aeropuerto Jorge Chávez no había nadie esperándolos.   Muchos tuvieron que viajar hasta Ica en taxi con todos sus equipos. 
 
En el Perú, la mejor forma de enfrentar incendios, terremotos y aluviones parece ser pensar que no van a suceder, desde las personas pobres que instalan sus viviendas en las vulnerables laderas de los cerros hasta las autoridades estatales, que a veces se consideran muy modernas. 
 
-No comprendo por qué sólo hay una carretera a Ica –me escribía una amiga desde Estados Unidos aquél 16 de agosto  -  ¿No existe una vía alternativa?
 
No.  Y tampoco la hay para Machu Picchu o Huancayo.  En casi todo el Perú apenas si hay pistas de dos carriles que pueden quedar bloqueadas por un puente derrumbado, una avalancha… o un camión volcado.     
 
Los ingresos del turismo no generan mejores vías de transporte: en Ollantaytambo, muchas veces he tenido que pegarme a los muros incaicos, para no morir aplastado por  decenas de camiones a Quillabamba y centenares de ómnibus turísticos que recorren las estrechísimas callejuelas.   Un puente colonial tenía que resistir el paso de todo ese flujo vehicular.  Digo “tenía”, porque la semana pasada colapsó. 
 
A nivel de escuelas o centros de salud tampoco se aprecian los efectos del turismo.  Cualquier enfermo o herido más o menos grave debe ser trasladado al Cusco.   Cuando existe un desastre generalizado como en la actualidad se hacen más palpables estas carencias, pero la vida cotidiana de la población sigue siendo muy dura. 
 
No sé si el gobierno central está en capacidad para diseñar acciones de prevención a nivel nacional, pero al menos podrían hacerlo gobiernos regionales, municipalidades e instituciones públicas o privadas.  ¿Tienen claro los empleados del Jockey Plaza o el Megaplaza qué hacer en  caso de sismo o incendio, más allá de correr, rezar y llorar?  ¿Sabrán los vecinos de Zárate o San Martín enfrentar inundaciones como las de hace unos años?  ¿Deben seguir viviendo miles de personas en zonas vulnerables de Lima, Huamanga o Cusco?  ¿Han previsto iglesias y parroquias cómo proteger a sus feligreses, tomando en cuenta que en el terremoto del 2007 muchas personas murieron dentro de los templos?  ¿Y en casa, sabe usted dónde hay velas y linternas?
 
Es falso, afirmar que los peruanos no sabemos tomar precauciones.  Yo veo que frente a la delincuencia se toman muchísimas.  Si adoptáramos una actitud similar frente a incendios, terremotos o inundaciones, el daño que éstos producen sería mucho menor.   
 
-Como van las cosas, creo que voy a ir construyendo mi arca de Noé  –me dijo un amigo huamanguino, que se encontraba a dos cuadras de la calle San Martín, la tarde del aluvión.
 
Ahora se sabe que ese desastre tuvo también causas humanas: hace algunas décadas fue tapiada la acequia que bajaba por esa calle y el aluvión llegó desde un cerro deforestado por los desplazados que huían de la violencia política. 
 
Quienes no hemos enfrentado directamente la destrucción de las últimas semanas, estamos advertidos.

Ustedes pueden apreciar a continuación tres imágenes de exhibiciones de máscaras empleadas en diversas festividades populares.

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En una de las fotografías, además, pueden verse unos dibujos donde se explican diversos mitos andinos.

Aunque las fotos parecen similares, la primera corresponde a la Casa O’Higgins ubicada en el Jirón de la Unión, donde se viene exhibiendo parte de la colección del Museo Riva Agüero de Arte Popular… y las otras dos fotos corresponden nada menos que al McDonald’s del Cusco, precisamente el mismo local cuya apertura hace algunos meses en la Plaza de Armas generó tanto rechazo, como si se tratara de un sacrilegio o una agresión imperialista. Curiosamente, entre tantos locales llenos de carteles en inglés anunciando vegetarian dishes y arabic food, como han proliferado en dicha plaza, el McDonald’s ha sido el único que decidió tener una imagen andina.

El rechazo que hubo hacia el local del McDonald’s me recordó a una amiga finlandesa, que enseñaba quechua en el Cusco, a la cual una vez cometí el error de ofrecerle un chocolate Sublime:

-No puedo comer eso –me respondió con un gesto de desagrado.

-¿Por qué? ¿No te gusta el chocolate?

-Sí me gusta, pero en la envoltura dice Nestlé y yo no consumo productos de transnacionales.

Yo le dije que ese chocolate lo hacía D’Onofrio, una empresa peruana, mucho antes que fuera adquirida por Nestlé y que, en todo caso, si yo pagaba el chocolate ningún céntimo de su dinero iría a los bolsillos de la vil transnacional. Sin embargo, ella se rehusó y me sentí como si le estuviera ofreciendo un alimento impuro a una integrante de un culto fundamentalista.

En realidad, pese a los reclamos sobre el McDonald’s, la mayoría de peruanos no tenemos actitudes negativas hacia las empresas transnacionales por el hecho de ser tales. En parte, porque nuestra experiencia con empresas peruanas difícilmente podría mostrarlas como modelo de comportamiento ético, estándares laborales o conductas ambientales. En parte, el consumidor peruano es bastante pragmático y por eso, ni siquiera el discurso antichileno impide que Ripley, Saga Falabella o Casas & Ideas estén repletos durante estas fiestas o todo el año.

Sin embargo, debo reconocer que a comienzos de año me sentí muy disgustado cuando supe que Ripley había decidido instalarse su tienda de Chiclayo en plena Plaza de Armas, nada menos que donde se encontraba el majestuoso Hotel Royal, construido a comienzos del siglo pasado.

Es verdad que hacía años ese hotel había perdido su esplendor y parecía a punto de derrumbarse, pero su desaparición sería una pérdida irreparable para una ciudad que no tiene el patrimonio arquitectónico de Arequipa o Lima. Además, hacía tres años ya se había producido el trágico incendio del Palacio Municipal, precisamente ubicado frente al Hotel Royal.

En noviembre pasado, sin embargo, al volver a Chiclayo, me encontré con la grata sorpresa que el nuevo Ripley conservaba la arquitectura original y ahora es la tienda por departamentos más hermosa del país, algo así como la versión peruana de la tienda Harrods en Londres. Al mismo tiempo, se estaba concluyendo la reconstrucción del Palacio Municipal, lo que devolvía a la plaza un gran atractivo.

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Francamente, no esperé algo así de una de las tiendas que tanto ha atentado contra el ornato en Lima, con sus gigantescos paneles. Según me explicaron, la Municipalidad de Chiclayo obligó a Ripley a respetar la categoría de monumento histórico que tenía el Hotel Royal, estableciendo inclusive carteles mas bien discretos.

En realidad, las empresas transnacionales actúan según aquello que los gobiernos locales y nacionales les permiten, de la misma forma que las empresas nacionales. Cuando las autoridades son pasivas, se pueden producir serios deterioros al paisaje urbano, como se ha visto recientemente en Miraflores y Jesús María. En un aspecto diferente, empresas mineras transnacionales como Monterrico Metals y Zijin no habrían hecho tanto daño a los campesinos piuranos de no contar con el respaldo del Ministerio de Energía y Minas y el Ministerio del Interior.

El viernes pasado, acompañé a unos amigos a la Plaza San Martín, para ver el edificio iluminado especialmente para Navidad por el banco HSBC. Si de por sí, la Plaza San Martín luce muy hermosa, la iluminación navideña del edificio le confiere una apariencia extraordinaria.

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En este caso, el banco no actuó cumpliendo una obligación municipal, sino para tener una imagen positiva frente a la población. Así como McDonald’s buscó promover la cultura andina, el HSBC decidió realzar la belleza de una zona de la ciudad muchas veces olvidada.

Dudo que alguna vez pruebe las hamburguesas del McDonald’s, llevo años negándome a comprar en Ripley debido a su publicidad racista y no tengo mayor interés en hacerme cliente del HSBC, pero este año, las tres empresas han contribuido a hacer más bellas tres de las plazas que más me gustan del Perú. Ojalá, las empresas peruanas aprendan a actuar de manera similar.

Después de graduarse como abogado en el año 2006, Edwin Béjar se incorporó a la Defensoría del Pueblo y estuvo a cargo de la oficina de Puerto Maldonado.  Actualmente trabaja en la sección de asuntos coactivos de la Municipalidad del Cusco y a mediados de julio, postuló a una plaza en el Ministerio Público.  Sin embargo, no fue admitido al examen previsto y, al día siguiente, recibió un oficio del Consejo Nacional de la Magistratura, donde se indicaba que una persona invidente no podía ser magistrado. more…