Ustedes pueden apreciar a continuación tres imágenes de exhibiciones de máscaras empleadas en diversas festividades populares.



En una de las fotografías, además, pueden verse unos dibujos donde se explican diversos mitos andinos.
Aunque las fotos parecen similares, la primera corresponde a la Casa O’Higgins ubicada en el Jirón de la Unión, donde se viene exhibiendo parte de la colección del Museo Riva Agüero de Arte Popular… y las otras dos fotos corresponden nada menos que al McDonald’s del Cusco, precisamente el mismo local cuya apertura hace algunos meses en la Plaza de Armas generó tanto rechazo, como si se tratara de un sacrilegio o una agresión imperialista. Curiosamente, entre tantos locales llenos de carteles en inglés anunciando vegetarian dishes y arabic food, como han proliferado en dicha plaza, el McDonald’s ha sido el único que decidió tener una imagen andina.
El rechazo que hubo hacia el local del McDonald’s me recordó a una amiga finlandesa, que enseñaba quechua en el Cusco, a la cual una vez cometí el error de ofrecerle un chocolate Sublime:
-No puedo comer eso –me respondió con un gesto de desagrado.
-¿Por qué? ¿No te gusta el chocolate?
-Sí me gusta, pero en la envoltura dice Nestlé y yo no consumo productos de transnacionales.
Yo le dije que ese chocolate lo hacía D’Onofrio, una empresa peruana, mucho antes que fuera adquirida por Nestlé y que, en todo caso, si yo pagaba el chocolate ningún céntimo de su dinero iría a los bolsillos de la vil transnacional. Sin embargo, ella se rehusó y me sentí como si le estuviera ofreciendo un alimento impuro a una integrante de un culto fundamentalista.
En realidad, pese a los reclamos sobre el McDonald’s, la mayoría de peruanos no tenemos actitudes negativas hacia las empresas transnacionales por el hecho de ser tales. En parte, porque nuestra experiencia con empresas peruanas difícilmente podría mostrarlas como modelo de comportamiento ético, estándares laborales o conductas ambientales. En parte, el consumidor peruano es bastante pragmático y por eso, ni siquiera el discurso antichileno impide que Ripley, Saga Falabella o Casas & Ideas estén repletos durante estas fiestas o todo el año.
Sin embargo, debo reconocer que a comienzos de año me sentí muy disgustado cuando supe que Ripley había decidido instalarse su tienda de Chiclayo en plena Plaza de Armas, nada menos que donde se encontraba el majestuoso Hotel Royal, construido a comienzos del siglo pasado.
Es verdad que hacía años ese hotel había perdido su esplendor y parecía a punto de derrumbarse, pero su desaparición sería una pérdida irreparable para una ciudad que no tiene el patrimonio arquitectónico de Arequipa o Lima. Además, hacía tres años ya se había producido el trágico incendio del Palacio Municipal, precisamente ubicado frente al Hotel Royal.
En noviembre pasado, sin embargo, al volver a Chiclayo, me encontré con la grata sorpresa que el nuevo Ripley conservaba la arquitectura original y ahora es la tienda por departamentos más hermosa del país, algo así como la versión peruana de la tienda Harrods en Londres. Al mismo tiempo, se estaba concluyendo la reconstrucción del Palacio Municipal, lo que devolvía a la plaza un gran atractivo.


Francamente, no esperé algo así de una de las tiendas que tanto ha atentado contra el ornato en Lima, con sus gigantescos paneles. Según me explicaron, la Municipalidad de Chiclayo obligó a Ripley a respetar la categoría de monumento histórico que tenía el Hotel Royal, estableciendo inclusive carteles mas bien discretos.
En realidad, las empresas transnacionales actúan según aquello que los gobiernos locales y nacionales les permiten, de la misma forma que las empresas nacionales. Cuando las autoridades son pasivas, se pueden producir serios deterioros al paisaje urbano, como se ha visto recientemente en Miraflores y Jesús María. En un aspecto diferente, empresas mineras transnacionales como Monterrico Metals y Zijin no habrían hecho tanto daño a los campesinos piuranos de no contar con el respaldo del Ministerio de Energía y Minas y el Ministerio del Interior.
El viernes pasado, acompañé a unos amigos a la Plaza San Martín, para ver el edificio iluminado especialmente para Navidad por el banco HSBC. Si de por sí, la Plaza San Martín luce muy hermosa, la iluminación navideña del edificio le confiere una apariencia extraordinaria.


En este caso, el banco no actuó cumpliendo una obligación municipal, sino para tener una imagen positiva frente a la población. Así como McDonald’s buscó promover la cultura andina, el HSBC decidió realzar la belleza de una zona de la ciudad muchas veces olvidada.
Dudo que alguna vez pruebe las hamburguesas del McDonald’s, llevo años negándome a comprar en Ripley debido a su publicidad racista y no tengo mayor interés en hacerme cliente del HSBC, pero este año, las tres empresas han contribuido a hacer más bellas tres de las plazas que más me gustan del Perú. Ojalá, las empresas peruanas aprendan a actuar de manera similar.
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