Hace pocas semanas, las autoridades peruanas sorprendentemente decidieron amparar una demanda justa ANTES que se realizara una protesta social. Tres días antes de una nueva movilización indígena, el Ministerio de Energía y Minas suspendió las actividades de la empresa minera Afrodita en territorio awajún, que se realizaban contra la voluntad de la población. Gracias a esta medida, la anunciada movilización perdió mucho peso y la tensión en la zona ha disminuido.
Durante los últimos años, hemos visto repetirse un libreto distinto: se suceden pronunciamientos de autoridades locales, marchas de sacrificio, delegaciones que llegan a Lima, pero el gobierno central se encoge de hombros o reacciona con altivez. Sólo cuando hay carreteras tomadas, puentes bloqueados, policías secuestrados y conmoción nacional, el gobierno acepta que existe un problema.
Sin embargo, días después, el gobierno recibió un claro mensaje de que debía hacer mucho más en relación a los pueblos indígenas: el 25 de febrero, una Comisión de Expertos de la Organización Internacional del Trabajo emitió un informe señalando el marcado incumplimiento del gobierno peruano respecto a las obligaciones contempladas en el Convenio 169 de la OIT.
El documento señala que el Estado ni siquiera tiene una definición clara respecto a cuáles son los pueblos indígenas en el Perú y que para lograr ello es fundamental la participación de los propios pueblos interesados. Por si acaso, cuando la OIT habla de indígenas no se refiere sólo a los 300,000 nativos amazónicos, sino también a los millones de indígenas andinos que muchas veces denominamos campesinos y también a muchas personas que viven en las ciudades y que sufren discriminación por sus rasgos físicos, su apellido o su idioma. Por ello, hablar de indígenas en el Perú no es un tema que se refiere a una minoría.
La Comisión insiste en que los pueblos indígenas deben ser consultados antes de la adopción de medidas legislativas o administrativas que puedan afectarles, incluso respecto de cómo se llevarán los propios procesos de consulta. La Comisión señala que los actuales procedimientos del Ministerio de Energía y Minas no cumplen con estos requisitos. Por ello, la Comisión ha pedido al gobierno suspender las actividades de exploración y explotación de recursos naturales que afectan a los pueblos indígenas, en tanto no se asegure su participación y consulta.
Se trata de una medida que puede alterar los planes de un gobierno empeñado en proyectos a los cuales campesinos e indígenas han expresado abiertamente su rechazo, como la represa de Pakitsapango, que podría inundar buena parte del territorio asháninka y el proyecto Río Blanco en la sierra de Piura, donde ya han muerto cuatro campesinos por acción de la policía (dos de ellos en tiempos de Toledo).
La Comisión recuerda al Gobierno que debe tener en cuenta el derecho de los pueblos indígenas a establecer sus propias prioridades, y de acuerdo a ellas, participar en los planes y programas de desarrollo nacional y regional. En los últimos años, la política de desarrollo para la sierra y la selva ha sido trazada de manera vertical por el gobierno central, asumiendo que los indígenas (y tampoco los Alcaldes o Presidentes Regionales) no tienen ni voz ni voto en ello. Inclusive, el gobierno ha enviado un Proyecto de Ley para facilitar el desplazamiento de poblaciones debido a la ejecución de proyectos de desarrollo, lo cual puede implicar que los indígenas deban marcharse contra su voluntad de los lugares tradicionales donde viven.
Los expertos recalcan que las tierras indígenas deben estar protegidas, tanto si los pueblos indígenas tienen título de propiedad, como si están bajo una modalidad de ocupación tradicional. En ambos casos, la Comisión insta al Gobierno a tomar las medidas necesarias para garantizar a los indígenas el respeto a sus derechos de propiedad y posesión.
Finalmente, la Comisión plantea la necesidad de establecer con urgencia medidas educativas en todos los sectores sociales para eliminar los prejuicios hacia los pueblos indígenas. Como sabemos, las principales expresiones ofensivas hacia los pueblos indígenas han provenido del propio gobierno, actuando muchas veces como si se tratase de “no peruanos”.
En la práctica, estas observaciones implican una solicitud al gobierno peruano para que establezca una política pública en relación a los pueblos indígenas andinos y amazónicos, algo que no parece haber pasado por la mente de las autoridades nacionales.
Al Estado corresponde ahora cumplir con las recomendaciones presentadas y que éstas permitan una nueva relación entre las autoridades estatales y los pueblos indígenas. La mayoría de países latinoamericanos ya han avanzado mucho en este sentido, partiendo por reconocer a los indígenas como ciudadanos, pero con derechos particulares por su propia condición. La decisión respecto a Afrodita debería ser el camino a aplicar en otros lugares, aprendiendo a escuchar a la población.
En pocas semanas, en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se debatirá nuevamente la situación de los pueblos indígenas en el Perú.



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