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Tuviste suerte, Wilfredo. Porque lo más frecuente en casos como éste es que te contesten “¿Y tú qué te metes?” o “págame el pasaje entonces, si te sobra la plata”. (Miguel Patiño).

Las empresas de transporte y propietarios los explotan, los pasajeros los menosprecian y el estado es un policía sobornable. Hay mucho que hacer (Franklin Medrano).

También es importante que la gente aprenda a valorar su trabajo adecuadamente. A veces sucede que algunas personas que hacen arreglos menores sienten vergüenza de cobrar por sus servicios y piden que les des “tu voluntad”, cuando deberían valorar su tiempo y pedir que se les pague lo adecuado (Jimena Sánchez).

Esto es cosa de todos los días y existen personas que tienen un buen trabajo, pero muestran su carnet de universitario para pagar el medio pasaje… y muchos de ellos hacen recorridos bien largos. ¿A esas personas les gustaría que les pagaran medio sueldo por tener carnet universitario? Nos falta mucho por aprender, respetar y valorar… (Jenny Manrique).

Esa cultura tonta de la “viveza criolla” en que el que estafa, engaña, etc se siente superior, es terrible. Tu al menos tuviste suerte Wilfredo… A mí, más de la mitad de las veces que intervengo en situaciones similares (así lo diga tranquilo), pues, termino escuchando improperios hacia mí y por supuesto a todos mis antepasados (Abraham Valencia).

En diciembre que estuve en Lima, cuando me subí a una combi el primer día pensé que el pasaje, después de tantos años fuera, habría subido, pero me di con la sorpresa que seguía costando lo mismo. Francamente creo que el pasaje debería subir, al menos un poco. Es también cierto que los trabajos de cobrador y de chofer están bastantes desvalorizado, y todos parecen estar a la defensiva contra ellos. A veces da vergüenza ajena escuchar el largo regateo de ciertos pasajeros por algunos céntimos: creo que cualquiera perdería los estribos estando en el lugar del cobrador. Sin embargo, cuando se rompe el círculo vicioso (por ejemplo, invitando al cobrador un chocolatito comprado a algún vendedor que sube a la combi) se nota que ellos también pueden y quieren ser amables (Rocío Meza).

Yo sí experimento que muchos cobradores y choferes son malcriados. En La Marina a eso de las 10pm, si tomo la línea S hacia Surco y saco el carnet universitario quiere decir que voy a tener un viaje muy incómodo. Los dos, el cobrador y el chofer lo insultan a uno, le llaman “paquete”, pese a que dentro de la combi está el monto del medio pasaje (Un periodista).

Excelente y atinada intervención, pero no menos temeraria, ya que algunas denominadas damas no lo son cuando se le toca el bolsillo o se les trata de ubicar en el contexto adecuado, pero su accionar nos muestra una forma de discriminación hacia el trabajo de otros que consideran inferiores. Ellas pudieron decir “A nosotras todos los días nos cobran china y no voy a pagar más” (un abogado).

Yo me pregunto si el regateo con el taxista llega a ser un ejemplo de falta de consideración o abuso. Este caso está sujeto a la libre decisión de las personas. A veces, acá en Huancayo en una tarde de lluvia, los taxistas piden más y a los pasajeros no les queda otra que aceptar (un estudiante de la PUCP, que sostiene haber recibido “esa mirada reprobatoria” más de una vez).

 

Soy de la idea que no debería existir una tarifa única, sino una tarifa escalonada de acuerdo a la distancia. Si vas más lejos, pagas más. Si usas la misma ruta, debería existir una tarifa promocional mensual, como va a ser en el Metropolitano (Giuliana Higuchi).

Creo que más allá de lo racial existe una fuerte discriminación hacia algunos oficios, que la sociedad no considera buenos y no los desearía para sus hijos. En realidad se trata de oficios indispensables para nuestra sociedad y, cuando muchos peruanos viajan afuera, sus títulos ículo, pero creo que más allá de lo racial es la discriminación a algunos oficios, que la sociedad no los considera buenos (no lo quisieran para sus hijos) pero si necesarios, deberíamos quizá por comenzar a valorar más los oficios de las personas, porque todo se mueve gracias a la acción muy valiosa de dichas personas. Llo anecdótico es que cuando salimos al extranjero esos son los trabajos disponibles y que estamos dispuestos a hacer, porque nuestros títulos o preparación no es valorada, pero si son valoradas actividades como niñera, mesera, cuidadora de ancianos, etc que permiten sostenernos y darnos una vida digna. Acá también esas actividades deberían permitir tener una vida digna.no valen y tienen que hacer de niñeras, empleadas, obreros, meseros, para ganar lo necesario y tener una vida digna. En el Perú estos oficios también deberían garantizar tener una vida digna (Milly Paredes).

Desde que he vuelto de España soy más consciente de la necesidad que puede tener un cobrador para querer cobrarte 20 o 50 centavos más, pero también creo que hay personas que no se pueden permitir ese gasto. Eso no quita que lo primero es respetar las tarifas.  Sin embargo, mientras la lógica de mercado, (compra-venta, qué me ofreces), siga gobernando nuestras relaciones sociales, vamos a seguir siendo los caníbales que somos con nuestros vecinos.

Ahora bien, hay transportistas que buscan maximizar sus ganancias recortando sus rutas reglamentarias o negándose a subir pasajeros que viajan trechos largos, como me ha pasado varias veces, cuando voy desde La Molina hasta el Rímac o viceversa (Un historiador).

 
Sobre el desprecio que en el Perú existe hacia ciertos oficios, me acuerdo que cuando viajé a Japón, por no conocer el idioma tuve que trabajar lavando carros en un grifo.  Sin embargo mis compañeros de trabajo japoneses no se sentían infelices con un trabajo manual ni lo veían como algo degradante (Un ingeniero).  

 

 

Una tarde primaveral regresaba en una combi a mi oficina, después de almorzar, cuando, en el paradero de Tomás Guido, a la altura del centro comercial Risso, subieron dos mujeres. Bastaba ver sus facciones para darse cuenta que eran madre e hija, aunque acaso deseaban enfatizar la semejanza llevando el cabello teñido del mismo color.

Las dos avanzaron hasta sentarse al fondo, cerca de mi asiento, y continuaron una conversación bastante personal, sin preocuparles que las escucharan los demás pasajeros.

-Me critica porque gasto en sombras, maquillaje, tinte de pelo –decía la hija -, pero por mi trabajo yo tengo que lucir bien.

En silencio, intenté deducir quién podía ser el sujeto de la oración. Una amiga difícilmente haría críticas tan íntimas. De tratarse de una hermana o una prima, la madre ya conocería esos comentarios. Se me ocurrió que sólo una persona podría hacer esa crítica y sería probablemente el padre de un posible hijo de ambos.

Mis elucubraciones fueron interrumpidas por la llegada del cobrador, un señor canoso, de marcadas arrugas y piel oscura. En la avenida Arequipa, las combis suelen detenerse sólo en los paraderos y los cobradores aprovechan el tiempo para cobrar a los pasajeros que han subido.

Después de cobrarme a mí, avanzó hacia las dos mujeres.

-Al mercado de Jesús María –dijo la madre, entregando un sol.

-Señora, acá falta –indicó él.

-¿Ah, sí? -y entregó otra moneda.

-Un sol es por cada una –insistió el cobrador.

-Le debo entonces –declaró ella, con una media sonrisa.

Resulta curioso que, en una sociedad donde es tan importante la exhibición de consumo, subsistan conductas que podrían ser calificadas como desconsideradas o mezquinas hacia las personas cuyo trabajo es menospreciado, sea un cobrador de combi, un huachimán o una empleada del hogar.

No sólo existe una desvaloración de ciertas actividades, sino de quienes las ejercen: por ejemplo, muchas personas consideran que, por motivos raciales, de sexo, edad u origen, las trabajadoras del hogar son indignas de recibir una remuneración adecuada.

Un caso extremo, muy extendido, se produce en el Cusco y otras ciudades andinas, donde muchas familias tienen en casa a un niño o una muchacha de menos de diez años a quien hacen trabajar desde que amanece hasta que anochece sin pagarle un sol por ello.

-Ellos no se sienten para nada culpables –me explica una abogada cusqueña -. Creen que están haciendo una obra de caridad porque les dan casa y colegio.

Normalmente, no se trata de un problema de recursos, sino de prioridades: algunas personas pueden gastar centenares de soles en asistir a un concierto, pero luego regatear con el taxista con la mayor tacañería.

La falta de consideración no sólo se da en lo económico, sino en las condiciones de trabajo. Un ejemplo recurrente se da en las combis más pequeñas, esas tan incómodas que no deberían circular: la mayoría de pasajeros, aunque haya otros lugares disponibles, ocupan el único asiento donde podría sentarse el cobrador, forzándolo a viajar encorvado durante diez o doce horas.

Quienes actúan de manera desconsiderada o abusiva tienen como argumento la ley de la oferta y la demanda, la persona sabe que encontrará otro taxista u otra empleada que acepte lo que está dispuesto a pagar. “En el Perú, lo justo es pagar por encima del mercado” dice un amigo economista.

Por eso, muchas veces me resisto a regatear a un taxista o un vendedor de artesanías o a pagar “china” por el pasaje y prefiero pagar lo que considero más justo. Si algún amigo, preocupado por mis finanzas, protesta, le digo simplemente:

-El señor necesita el dinero más que yo.

No todos piensan así, claro, como la señora que aparece al comenzar este relato, que ahora concluiré.

-¡Cómo me va a deber cincuenta céntimos! –exclamó el anciano cobrador, perplejo ante su frescura.

Se produjo un momento de tensión, que se rompió cuando decidí voltear y lanzar esa mirada reprobatoria que conocen bien los alumnos díscolos que conversan en clase o los asistentes a una charla que no han apagado su celular.

-Señora, yo me bajo antes que usted y he pagado un sol –dije con el tono más conminatorio que pude.

Si le hubiera dicho algo más agresivo, habría generado un nuevo conflicto. Era preferible hablar sobre mí, para que ella se diera cuenta que su conducta era incorrecta.

La mujer miró al cobrador, miró al pasajero entrometido de corbata celeste y sacó de su monedero las monedas que faltaban.

Cuando me bajé, el cobrador, como suele suceder después de una de estas intervenciones solidarias, me dio las gracias. Yo espero que las dos mujeres actualmente estén pagando la tarifa completa.

La Municipalidad de Lima ahora pretende que los ciudadanos denuncien a los choferes y cobradores prepotentes. Haría bien también en educar a algunos pasajeros para que se comporten mejor.