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Debo confesar que cuando algunas personas me dicen que gracias a la sentencia de Fujimori ahora pueden creer en el Perú, me alegro, pero me sorprendo un poco, porque mis sentimientos normales hacia el Perú son de esperanza y optimismo. Como es tan frecuente escuchar a mis compatriotas hablar con pesimismo, quizás deba explicar mis razones.
Creo que haber trabajado promoviendo los derechos humanos en pleno conflicto armado fue una experiencia que me dejó marcado, por haber conocido a tanta gente que, pese a la pobreza y al desprecio que sufrían, rechazaba las prédicas de los grupos subversivos. Durante ese tiempo, casi todos mis colegas y amigos eran personas que, en nombre de sus ideales religiosos, morales o políticos denunciaban los crímenes de los senderistas y los militares. Cuando, emocionado, supe que Abimael Guzmán había sido capturado, sentí que se confirmaba mi convicción de que el mal no podría prevalecer y, remontando la etapa de la violencia, lograríamos una sociedad más justa.
En 1997, después de cuatro años de estudiar y trabajar en el extranjero, decidí regresar y para mi sorpresa, encontré un país con una percepción lamentable de sí mismo: no sólo teníamos un gobierno sin escrúpulos, sino empeñado en institucionalizar la prepotencia, el abuso hacia el débil y el cinismo. Todo estaba permitido, desde las fábricas contaminantes hasta la explotación laboral, desde las combis asesinas hasta los establecimientos racistas. En una estrategia perversa, los diarios chicha, Laura Bozzo, Magaly Medina y los noticieros procuraban corromper a la sociedad… o convencerla que era totalmente corrupta.
Era extraño: la mayoría de personas que conocía rechazaba el panorama social que describo, pero se sentían derrotados antes siquiera de pensar en cambiarlo. El fujimorismo había logrado convencer a los peruanos que éramos y por siempre seríamos una sociedad amoral.
Aún en los peores tiempos de la violencia y la hiperinflación, no había sentido tanto derrotismo. Cada vez que proponía algo para mejorar nuestra sociedad, encontraba escepticismo: los peruanos jamás usaríamos cinturones de seguridad, el canal 2 nunca sacaría del aire a La Paisana Jacinta y nadie sacaría a Lucchetti de los Pantanos de Villa. “Pensar en sacar a Fujimori es una utopía”, me decía, en agosto del 2000, un egregio abogado.
Bueno, Fujimori se fue (y el egregio abogado pretendió sucederlo sin éxito), Lucchetti y La Paisana Jacinta también, los cinturones de seguridad llegaron, los avances en la lucha contra el racismo han sido constantes, pero a pesar de ello, yo sigo pensando que el derrotismo, persiste con terribles efectos paralizantes. Aunque se manifiesta gran orgullo cuando en el extranjero se valora nuestra comida o triunfa algún deportista, con gran vehemencia se generalizan todo tipo de expresiones negativas sobre nuestra sociedad.
Mis amigos cercanos saben que estoy a salvo de dos de las principales fuentes de derrotismo: la televisión, que aún sin Laura Bozzo sigue empeñada en mostrarnos como una sociedad abyecta, y el fútbol. En este último caso, creo que los resultados no podrían ser mejores, tratándose del país sudamericano que menos invierte en salud y educación. De hecho, la mayoría de deportistas exitosos en el Perú (como en todo el mundo) pertenecen a aquellos sectores donde desde niños las principales necesidades humanas estuvieron aseguradas.
Realmente me indigna que ante un mal resultado en el fútbol, haya quienes sueltan una frase tan derrotista como “los peruanos somos así”. La grandeza de un país no está en las habilidades deportivas de algunos individuos. La grandeza de un país, creo yo, está en cuánto avanza para que exista justicia y dignidad para todos sus habitantes.
Por eso, el martes pasado, cuando se pronunció la sentencia que condenó a Fujimori por sus crímenes, sentí que caminábamos hacia ser un país grande. Sentí que se había dado un paso en el camino contra la discriminación que no tenía precedentes en nuestra historia: un grupo de personas obtenía justicia, pese a su pobreza, y un criminal era condenado, pese a todo su poder. Cuando sentenciaron a Fujimori, recordé a miles de otras víctimas suyas: los inocentes presos y las campesinas esterilizadas. Siempre personas pobres, siempre los más débiles, los vulnerables, cuya historia muy pocos querían escuchar en aquellos años de atontamiento colectivo…
Como sucedía en los dolorosos años ochenta, mi convicción que el Perú puede mejorar gracias a los peruanos se ve confirmada por el ejemplo de algunos compatriotas, como los familiares de las víctimas y sus 17 años de lucha y la tenacidad de abogados como Ronald Gamarra, Gloria Cano o Carlos Rivera. Sin la fe de todos ellos en la justicia y en sí mismos se habría impuesto la impunidad.
A quienes desean una sociedad más justa, más humana, les digo: superar el derrotismo, es superar uno de los peores legados de Fujimori.


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