El primer día del año 2000, millares de hinchas recibieron una terrible noticia: el futbolista Sandro Baylón había fallecido en un accidente de tránsito en la Costa Verde. En medio de las expresiones de dolor durante sus funerales, pasaron a segundo plano las circunstancias de su muerte: Baylón manejaba con exceso de velocidad, había ingerido abundante licor, estaba hablando por su celular y no llevaba cinturón de seguridad. Con esos cuatro factores acumulados, su muerte hubiera podido servir para una campaña de sensibilización a muchos conductores, mostrando que muchos llamados “accidentes”, en realidad derivan de comportamientos perfectamente evitables.
Ni las autoridades ni los medios de comunicación decidieron emprender esta campaña. Por mi parte, ese mismo día decidí enfrentar aquello que estaba más a mi alcance y era el cinturón de seguridad. La insistía siempre al taxista para que lo usara y si había varios disponibles, escogía aquel que tenía puesto el cinturón. Afortunadamente, a mis amigos no tenía mucho que decir, porque ellos sí habían asimilado la lección.
Cuando una persona pública muere de manera inesperada o temprana, muchas veces en el Perú nos quedamos en el dolor y la congoja. Sin embargo, con frecuencia, las circunstancias de la muerte pueden servirnos también como una lección para quienes quedamos con vida. El asesinato de Alicia Delgado, por ejemplo, debería hacernos pensar en muchas relaciones de pareja donde aparecen crecientes rasgos de violencia y la dependencia afectiva de las víctimas les impide pedir ayuda a tiempo. El caso de Marco Antonio Gallego refleja cómo algunos integrantes de la comunidad homosexual, mantienen comportamientos arriesgados al relacionarse con delincuentes. Sólo casos excepcionales, como el incendio de la discoteca Utopía generan un cambio en las autoridades, pues, desde dicha tragedia, existe mayor control sobre la seguridad en espectáculos públicos.
La muerte de Arturo “Zambo” Cavero refleja las dramáticas consecuencias de un problema de salud que está en aumento en nuestro país y es la obesidad, a pesar que, paradójicamente, también tenemos fuertes índices de desnutrición. Aunque ya he conocido varios casos de jóvenes obesos, para mí es más impresionante cuando se trata de niños, cuyos padres parecen incapaces para regular lo que comen sus hijos.
Algunos ni siquiera saben qué almuerzan sus hijos, puesto que el almuerzo es en el colegio y no en la casa, lo cual hubiera sido impensable cuando yo era chico. Además, los temores de los padres confinan a sus hijos en una vida sedentaria: ya no los mandan ni a comprar pan y no quieren que salgan al parque. A diferencia de otros países, la publicidad de dulces y comida rápida sigue mostrando niños y presentando personas ingiriendo productos. Entre nosotros, todavía, la gordura es considerada más un problema estético que un tema de salud.
Arturo Cavero, además, como la abrumadora mayoría de peruanos, artistas y no artistas, carecía de un seguro de salud, lo cual generó que las enfermedades que lo aquejaban fueran avanzando durante varios años. Lamentablemente, fue muy tarde cuando Alan García gestionó que fuera atendido en Hospital Rebagliati. En realidad, detrás de este gesto humanitario, aparece una triste realidad: millares de peruanos enfrentan serios problemas de salud, pero no cuentan con el apoyo del Presidente de la República para atenderse adecuadamente.
Lamentablemente, la muerte de Cavero, como ha sucedido con todas las muertes de niños ocurridas este año en la sierra, parecen interpelar al Ministerio de Salud. Asegurar adecuada cobertura a la mayoría de peruanos no parece estar entre sus metas. A la fecha, el Ministerio no ha gastado ni el 14% de su presupuesto asignado y, además, frente a las verdaderas necesidades de la población, priorizó la campaña de prevención de la gripe A1H1 por razones mediáticas.
A los pocos meses que Baylón falleció, comenté con un joven taxista las cuatro razones por las que aquél había muerto, pero me replicó:
-No, Baylón murió por una quinta razón. ¿Sabe cuál fue?
-¿Cuál? -pregunté yo. Supuse, en aquellos tiempos montesinistas, que atribuiría su muerte a una cortina de humo montada por el Servicio de Inteligencia.
-Porque le tocaba morir.
Y siguió el resto del viaje con el clásico sermón de “Nadie se muere en la víspera”, “A todo el mundo le llega su hora” y demás comentarios fatalistas. Si bien es cierto que la muerte es inevitable, existen muchas formas en que se puede evitar que llegue antes de tiempo.
Para los sectores urbanos, especialmente en la costa, Cavero fue un referente fundamental de peruanidad (no sé si otros peruanos, como los awajún o los aymara, lo conocían tanto). Antes que se desarrollara el orgullo por la gastronomía, cuando lo escuchábamos cantar, muchos vibrábamos y nos sentíamos muy, pero muy peruanos. Eso lo sabía perfectamente García, que lo incorporaba a sus campañas presidenciales.
Por los sentimientos de amor por el Perú que Cavero despertaba, por el cariño que él mismo generaba, su temprana muerte debería ayudarnos a evitar que miles de compatriotas sigan muriendo como él por causas totalmente evitables. Si el Estado no asume la iniciativa, quedará en cada uno de nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, hacerlo.


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